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UN PAÍS DE VIEJOS SOLOS


Un país de viejos solos

Un tema que discuto con mis estudiantes es la perspectiva evolutiva del ser humano, referida a las diferentes etapas de desarrollo, madurez e involución por las que todos atravesamos en nuestro ciclo vital y que van desde el nacimiento hasta la muerte: las crisis, tareas, logros y cambios. Lo natural es crecer y desarrollarnos, vivir una juventud maravillosa, alcanzar una madurez llena de plenitud y creatividad y disfrutar la etapa de vejez con buena salud y sentido de trascendencia, aceptando sin temor la propia finitud por haber vivido una buena vida. 

También la familia tiene su ciclo vital y todas las personas transitamos sus distintas etapas a lo largo del tiempo: desde la pareja que forma una nueva familia y la crianza de los hijos, pasando por los conflictos intergeneracionales, las gratificaciones, la partida de los hijos y los nuevos miembros (cónyuges, nietos y familia política); hasta la ancianidad de los padres, cuando corresponde a los hijos cuidarlos hasta su muerte.


Envejecer no es una opción, todos vamos hacia allá. El envejecimiento se acompaña de un gradual deterioro físico, pero los años también proporcionan tres cosas invaluables, que son la experiencia, sabiduría y paciencia. Gracias a ellas los abuelos cumplen funciones esenciales en la familia: ayudan a amortiguar los momentos de crisis familiares y contribuyen a mantener el vínculo entre las generaciones transmitiendo a los nietos los valores y la historia familiar mediante relatos, ritos y costumbres. Así los ayudan a reafirmar el sentido de identidad y pertenencia familiar. Los abuelos no solo apoyan, enseñan y corrigen, también escuchan a los niños, comparten sus sueños, juegos e inquietudes y ofrecen afecto incondicional. Esto se aplica también a otros parientes ancianos que cumplen roles similares en la familia, de allí que a todos ellos los llamaremos abuelos.



Todos los niños deberían disfrutar de tener abuelos. Y todos los abuelos deberían disfrutar el tener nietos. El intercambio afectivo entre abuelos y nietos es imprescindible para proporcionar a los niños seguridad, estabilidad y un modelo de convivencia para la vida; al mismo tiempo, los nietos estimulan, acompañan y rejuvenecen a los abuelos y les hacen sentir que son útiles, queridos y copartícipes en la familia. Compartir con las personas más cercanas e importantes al calor de la familia mejora la autoestima y vigoriza el espíritu. La interacción física con los demás estimula la producción de oxitocina, la hormona de la afiliación, responsable de la sensación de bienestar y en la vejez es esencial sentir bienestar para no enfermar.

Tradicionalmente en nuestro país los abuelos permanecen dentro del seno familiar (por razones que van desde lo económico, la costumbre y hasta la disfuncional aglutinación familiar) y eso contribuye a disminuir la sensación de soledad que se presenta cuando los hijos se van del hogar para conformar nuevas familias o cuando muere la pareja de toda la vida. Pero en la Venezuela actual se está desbaratando la estructura de la familia extensa. Hay una creciente dispersión familiar, acentuada en los últimos diez años por la continua emigración de venezolanos hacia otros países. Casi siempre son los más jóvenes los que se han ido lejos, huyendo de la inseguridad personal, social y jurídica, de la falta de oportunidades, de la persecución política, del desastre económico y de la involución social generada por la “revolución”. Todos se van buscando una mejor calidad de vida y un futuro promisorio que no vislumbran en su propia patria. 




Así como casi no hay familias venezolanas que no hayan padecido el dolor de la muerte prematura e injusta de uno de sus miembros en manos de la delincuencia, también la mayoría de nuestras familias están desestructuradas, separadas por miles de kilómetros de distancia y emocionalmente marcadas por la ausencia de hijos, primos, amigos que se han marchado muy lejos abandonando la patria que les niega una vida decente.

El problema es muy serio para las personas mayores que se quedan en Venezuela. Porque los padres mayores que ven emigrar a sus hijos no sólo se quedan sin hijos, sino que por lo general también se quedan sin nietos. La soledad es uno de los principales enemigos del bienestar de los abuelos: la falta de afecto, de compañía y de apoyo genera tristeza y desamparo, quita las ganas de vivir y aumenta la vulnerabilidad a enfermedades.


Los abuelos saben que es ley de vida que los hijos alcen el vuelo. Intelectualmente comprenden que se marcharon buscando una vida mejor para sus familias. Pero emocionalmente se sienten excluidos, desamparados, no amados y no necesitados. La ausencia de hijos y nietos hace agridulce el vínculo, porque añoran el amor y la compañía de ellos, sienten culpa por desear que regresen y sienten alivio al saber que lejos ellos alcanzan el bienestar que aquí ya no disfrutaban. Y todo eso acentúa sus sentimientos de soledad y abandono, llevándolos a un estado de depresión que es bastante difícil de tratar, sobre todo cuando tampoco hay los medicamentos necesarios. 



Son muchos los abuelos que se han quedado “huérfanos” en los últimos tiempos. Muchos viven solos o con su pareja también anciana, otros viven con algún pariente y casi todos simplemente vegetan afrontando el envejecimiento sin el apoyo de hijos y nietos. Se quedan solitarios y apagados, recordando cuando eran necesarios, sin poder compartir los buenos momentos de la familia, sin poder disfrutar de las tradiciones familiares y las fechas importantes. 


Las mensajerías instantáneas y videollamadas (tecnologías aún extrañas para muchos abuelos) y las visitas periódicas de los que pueden viajar no suelen ser suficientes para que los abuelos lleguen a formar parte de la vida cotidiana de la familia. Los nietos se ven privados de los beneficios que brindan los abuelos en su formación y los abuelos ya no pueden inculcarles verdades espirituales y morales ni sentirse renovados o motivados a vivir.


La soledad en la vejez es una de las situaciones más tristes que le toca afrontar a un ser humano. Todas las semanas llegan a la consulta señoras muy decaídas con síndrome de nido vacío, abuelos muy deprimidos, insomnes, angustiados, resignados, apagados y descompensados física o mentalmente. La soledad, que sin duda incide en la mortalidad prematura, se enseñorea en sus vidas y pasan los días esperando una llamada o una visita. Y siempre las mismas frases con voz quebrada: Ay, doctora, ¿cuándo volveré a ver a mis nietos? ¿Cuándo se me quitará esto tan feo que siento? ¿Qué me puede poner para que se me pase esta tristeza del alma?


Venezuela se está convirtiendo en un país de viejos solos, un país de abuelos sin nietos.

María Elena Sánchez @psiquiluz 

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