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ENTRE HORMIGAS, CIGARRAS Y CUCARACHAS EN VENEZUELA


Entre hormigas, cigarras y cucarachas en Venezuela

Cuando mis hijos eran pequeños, solía leerles historias y fábulas antes de dormir. Recuerdo haberles narrado varias veces la fábula de la hormiga y la cigarra: La hormiga trabajaba con esfuerzo todo el día, almacenando comida para sobrevivir el invierno; mientras la cigarra (chicharra) pasaba sus días sin trabajar, cantando y disfrutando. Al final, la cigarra muere de hambre y frío por no haber sido tan laboriosa y tan previsora como la hormiga.

La idea de la pobre cigarra muerta era triste para los niños, pero yo quería que aprendieran temprano el valor del esfuerzo, el trabajo y la previsión, dado que vivimos en un país donde abundan la flojera, el bochinche y la inmediatez. Un país con millones de hormigas y cigarras, y que además está plagado de cucarachas. Si bien es cierto que las cucarachas no aparecen en la fábula referida, esas bichas asquerosas han estado entre nosotros desde siempre, devorando lo que sea. Y lo que no comen lo ensucian y arruinan, pues dejan un rastro de excrementos para que otras cucarachas lo sigan; de modo que, sin importar lo que hormigas y cigarras hagan o dejen de hacer, si no se “avispan” en poco tiempo no quedará nada para ellas.

Toda mi vida escuché decir “El venezolano es flojo” “Al venezolano no le gusta trabajar” “El venezolano es un vago”. Pese a que siempre vi a mi alrededor numerosos hombres y mujeres afanosos que levantaron familias a fuerza de trabajo honrado y constante, la gente repetía tanto lo de nuestra flojera que llegué a creerlo una verdad incuestionable.  Más luego comprobé que sólo era otra generalización sobre “lo malo” de ser venezolano, referida únicamente a una parte sustancial de venezolanos que viven su vida adulta como las cigarras de la fábula: holgazanes y despreocupados, como si la vida solo fuera cantar y aparearse.

Los venezolanos-cigarras son flojos, desordenados e improvisadores, ven el trabajo como un castigo, no se comprometen, son apáticos. También son alegres, pantalleros, derrochadores y bonchones; cualquier excusa es válida para no trabajar, para irse temprano, para una “escapadita”, para figurar sin méritos. Son cómodos, conformistas, no se esfuerzan por nada, esperan todo del gobierno y aspiran a la ganancia fácil con el mínimo trabajo. Su  “canto” estridente es la habladera de paja, la queja, la crítica y el brollo. Y por supuesto, al pasar los años, la mayoría de estas cigarras terminan necesitadas, pidiendo “una ayudaíta” del gobierno o parasitando a familiares o amigos.

Sin embargo hay otra parte muy importante en nuestra población: los millones de venezolanos que son como las hormigas y que son quienes mantienen el país en marcha. Viven de su trabajo, son productivos, emprendedores, previsores, organizados, responsables y comprometidos. Realizan un trabajo diligente, perseverante y colaborador. Se desloman trabajando de sol a sol, acarreando cargas a veces muy pesadas y aunque se quejan, no dejan de trabajar. Una parte de las hormigas se complace con alcanzar una vida holgada, confortable y agradable gracias al fruto de su trabajo; mientras otra parte nunca sale de la pobreza por los bajos ingresos frente a la inflación y el malgasto. Y sólo una minoría logra acumular riquezas con su propio esfuerzo. El venezolano-hormiga no solo es muy trabajador, sino que trabaja el doble, porque trabaja por aquel que no trabaja.

También hay un tercer grupo, anteriormente más pequeño pero siempre peligroso: el de las cucarachas. Alimañas rastreras que aprovechan el esfuerzo de las hormigas y la pasividad de las cigarras para prosperar. Los venezolanos-cucarachas se disfrazan de “buena gente” y utilizan una máscara de encanto superficial, labia y seducción para ocultar su condición repugnante. Son bichos absolutamente corruptos, oportunistas, egoístas, viciosos, faltos de ética, egoístas, tramposos, doble cara. Engañan, mienten y roban lo que sea. No acatan normas ni horarios y creen estar por encima de la ley. Esas cucarachas comen cualquier cosa y están en cualquier sitio. Les gusta la suciedad, la descomposición y la oscuridad y por eso pululan en la basura y en ambientes  “sucios” -inmorales, sórdidos y corrompidos-. Donde sea que estén, arrasan todo, causan daño y contaminan el sitio con su presencia, su olor y sus excrementos. Hay cucarachas de postín -que ocupan posiciones respetables como políticos, empresarios, banqueros, jueces, académicos, policías y otros-  y  hay cucarachas antisociales, delincuentes del hampa común -atracadores, secuestradores o asesinos-  y todas viven igual, trasgrediendo normas y despreciando a aquellos de quienes se benefician.




Los venezolanos-cucarachas carecen de alma, son despreciables, amorales, manipuladores, perversos y, muchas veces, antisociales criminales. La insensibilidad y frialdad que tienen para hacer lo que les da la gana sin experimentar culpa, ni remordimientos ni consideraciones morales es la expresión más pura de PSICOPATÍA, una condición de personalidad permanente e inalterable en esos seres dañinos  a la sociedad. Son depredadores que destruyen al otro para beneficio propio y que pueden llegar a niveles muy altos de maldad, crueldad y degradación moral.

La proliferación de cucarachas o psicópatas se regula habitualmente por algunos mecanismos sociales: valores fundamentales (vida, respeto, tolerancia, solidaridad) e instituciones respetables (familia, educación, iglesia, política). Pero en Venezuela esos mecanismos fallaron luego del boom petrolero de los años 70: Un aguacero de petrodólares manejados por una élite de cucarachas de postín convenció a todos (hormigas incluidas) de que el estilo de vida de las cigarras era el mejor: ¿Para qué trabajar tanto si está lloviendo “comida”? ¿Para qué agotarse trabajando si abundan los recursos? ¿Para qué perder tiempo estudiando y preparándose para el futuro cuando se tiene todo ahora mismo? ¿Para qué planificar? ¿Para qué preocuparse si el gobierno me tiene que dar todo?

Tener hoy, gastar hoy, disfrutar hoy parecía ser la consigna. Despilfarro, facilismo, clientelismo, asistencialismo, una “bequita” del gobierno, era lo común. A finales del siglo pasado, la incongruencia entre la conducta y la prédica de valores por parte de padres, educadores y líderes llevó al deterioro moral de las instituciones, pérdida de valores, corrupción, impunidad, populismo y caos. Y esta situación fue aprovechada por las cucarachas para acceder al poder. Comenzó entonces una infestación masiva de cucarachas de todo tipo en todos los ámbitos de la vida venezolana que persiste hasta hoy.




Las cucarachas en el poder expropiaron el bienestar y la armonía, la tranquilidad y la confianza, la bondad y el servicio, la decencia y la ética. Y también transmitieron enfermedades a toda la población: odio entre hermanos, violencia, sectarismo, resentimiento social, discriminación, corrupción, criminalidad, ostentación, prepotencia. Y como a las cucarachas no les gusta vivir solas, sino hacinadas en lugares sucios y sin luz donde pueden desarrollarse con seguridad, transformaron a nuestro país en un inmundo y pestilente basurero rodeado de putrefacción, oscuridad y miseria.

Venezuela padece hoy una PLAGA virulenta de cucarachas. Sin mecanismos de control que puedan parar la proliferación de bichos, esa peste roja que devora todos los recursos y embarra lo poco que queda, nos conduce a destrucción y muerte. En los últimos años esa plaga se ha reforzado con los bichos rojos uniformados de verde, con los que visten togas negras y con un chiripero servil y mediocre que sólo quiere enriquecerse, saquear recursos y arruinar lo que no pueden tomar. Los psicópatas no distinguen ideologías sino beneficios. Aunque vociferan ser patriotas, humanistas y defensores de derechos humanos, ese cucarachero lo que más sabe (y disfruta) hacer es violar los derechos humanos, asesinar, torturar, traficar con drogas, burlarse de las leyes, intimidar, abusar, extorsionar, robar, mentir, engañar y aprovecharse de otros.


Cualquier país que esté gobernado por cucarachas es arrasado por un megatsunami de cultura psicopática atroz y pervertida que afecta la conducta social de sus habitantes: se vive ignorando las normas que regulan la convivencia y el sentido de comunidad que permiten el desarrollo y la prosperidad; llevando sin excepción a una devastación económica, social y moral. Hoy, tanto las laboriosas hormigas como las indolentes cigarras están a merced de la inmoralidad y crueldad de las cucarachas, como lo vemos a diario: pérdida del estado de derecho, injusticia, inseguridad, represión, degradación moral, hambruna, desnutrición, aniquilación por hambre o por enfermedad o por pensar distinto.

El asco y/o el miedo que nos producen las cucarachas hace que nos alejarnos de ellas dejándoles el espacio a su disposición. Pero Venezuela no se merece seguir convertida en un chiquero inmundo y tenebroso donde las cucarachas se revuelcan a placer. No importa si somos hormigas o cigarras, la mansedumbre y el miedo nos destruirá por igual. O son ellas o nosotros. Si millones de hormigas y cigarras se juntan tienen más poder que unos pocos miles de cucarachas, porque los buenos siempre son más. Si queremos sobrevivir debemos entender que es absolutamente necesario EXTERMINAR cuanto antes a las cucarachas con una arremetida organizada de fumigación con el insecticida Bravo Pueblo.

Y, eso sí, sin esperar el “rescate mágico” de fumigadores externos.

Dra. María Elena Sánchez @psiquiluz 
Médico Psiquiatra 

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