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UN ALEGATO POR CIERTA RADICALIDAD


Un Alegato Por Cierta Radicalidad

En el convulsionado clima y ambiente socio-político que atravesamos, un, no tan nuevo, grupo de personas se identifican y son identificadas por los demás como radicales, siendo este epíteto, a priori, de connotación negativa para algunos. Tal vez salte a su mente rápidamente aquellos jóvenes que hoy enfrentan a la represión del régimen, con lo que pueden, en cada día de protesta, o lo asocie a actos vandálicos, sin embargo, no me refiero a ellos en esta oportunidad. Me refiero a un grupo de personas, que en mi impresión va in crescendo, que fueron bautizadas como radicales por cuestionar, criticar o incluso adversar a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), pero que al mismo tiempo adversan al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)). En un pasado no tan reciente, una postura como esta era ¡impensable! Para muchos aún lo es.

A mi entender esta postura “radical” nace del deseo de señalar la corresponsabilidad que tendría toda la élite política que está en el poder, en la grave situación que atraviesa el país. Para fines explicativos, vayamos a un ejemplo simple y doméstico. Si pensásemos en una pareja con graves problemas de convivencia, por sentido común y sabiduría popular, fácilmente se aceptaría que ambos tienen responsabilidad y participación en lo que les ocurre (la proporción puede variar, pero sin duda ambos son copartícipes). Esto es aceptado sin mayores inconvenientes. Pero curiosamente cuando se trata de la pareja política MUD-PSUV, la cercana y lógica ecuación anterior se desdibuja; más bien casi desaparece. Surge una poderosa resistencia a pensar en términos de corresponsabilidad a esta pareja que comparte el escenario político hace un tiempo considerable, resistencia que se levanta con ahínco y casi testarudez algunas veces. “El enemigo es el régimen” se repite. “Hay que sumar, no restar”; frase que me ha llamado mucho la atención pues no consigo comprender cómo es que cuestionar o criticar es restar.
¿Por qué el tabú?

Ha existido así una prohibición colectiva, paradójicamente tácita y explícita, a criticar a una parte fundamental del sistema político en el que vivimos. Pareciera existir una cierta complicación interna que no nos ha permitido asumirlos como pareja en el poder, y por tanto corresponsables. Un miembro de la pareja tendrá todas las instituciones, no todas las gobernaciones; el otro miembro un gran poder de convocatoria masiva por ejemplo.

A mi juicio, este enredo, esta benevolencia con una parte del sistema, ha hecho mucho daño pues todo lo malo está en rojo, y lo bueno es todo azul. Esto ha entorpecido la posibilidad de reclamar, señalar, o exigir a nuestros “representantes” con mayor firmeza, e incluso, si es el caso, condenar lo que haya que condenar. Esa sería una parte de nuestra corresponsabilidad como sociedad civil en la pareja ÉlitePolítica-CuerpoCiudadano.

Así, bajo la premisa y maniqueo de que el Régimen Rojo es el ·”verdadero enemigo y enfoquémonos en eso” se ha sido en mi opinión, sumamente blando y descuidado con fallas serias del otro brazo del sistema. Existe entonces una marcada tendencia a suavizar errores o incoherencias, tanto de discurso como de acciones, suavidad expresada en afirmaciones como las siguientes: “todos se equivocan… es de humanos errar… eso quedó atrás…esperemos aprendan de los errores… no pueden hacer otra cosa”. Errores que cuando pasaban (¿o siguen pasando?) en nuestras narices, “los radicales” denunciaban desesperados pero difícilmente eran escuchados y que a modo autopsia más claros hoy en día para todos.

Entiendo así la exasperación de este grupo, que ciertamente puede ser intenso, incisivo y también agresivo en el verbo, siendo esto, sin duda, contraproducente en el mensaje que intentan trasmitir ¿pero no es en cierta medida comprensible gritar cuando se siente que nadie escucha?
A esto se añade otro fenómeno muy complejo y frustrante. 

Después de sentir que se habla o denuncia hacia una pared impenetrable, te da un vuelco; de estar en la posición de denunciante, víctima (palabra terrible per qué le vamos a hacer) de los efectos de omisiones, negligencias, o acciones, de pronto se revierte la perspectiva y pasan a ser ellos los victimarios y denunciados. Me refiero a aquella conocida retahíla de: los radicales infiltrados divisionistas pagados por el régimen y destructores de la “única salvación” y recurso que la sociedad considera tener para cambiar sus circunstancias. (Seguro que la retahíla le es familiar). En fin tratados como una terrible amenaza. Y ellos por su parte no se quedan atrás: pues aquellos por los que se sienten invalidados son señalados de borregos beatos obedientes y demás (Seguro también conoce esa retahíla)

Con este alegato no quiero decir que todas las denuncias o lecturas que manejan “los radicales” sean la verdad última ni mucho menos. Nadie tiene a “Dios agarrado por la chiva” como decimos en criollo. Sin embargo hago este alegato en su nombre, en nombre de la desesperación cuando no se encuentra un interlocutor que pueda darle espacio a una voz tan legítima como cualquier otra. Voz que entiendo que muchas veces a gritado desesperada por sentirse sola e invalidada consuetudinariamente. Piense por ejemplo ¿qué voz?, diferente a la pareja MUD-PSUV, tiene espacio en medios de comunicación. Casi ninguna, y no es por falta de existencia. Algún que otro periodista “osa” a hacer alguna denuncia o crítica y rápidamente es descuartizado por muchos.

La realidad de una Dictadura Totalitaria y Tiránica cada vez más dura y transparente ha contribuido a que la pared impenetrable comience a resquebrajarse. Los gritos ineficaces y contraproducentes de la radicalidad son menos necesarios, han comenzado a surgir canales más permeables a un sano y necesario, no destructivo cuestionamiento; algo se ha ido aprendiendo desde los distintos lados, pues finalmente no hay nada de destructivo en mostrar los discursos incongruentes, pedir explicaciones, exigir, así como dar voz a discursos diversos, abriéndose el espacio a la pluralidad y nuevas alternativas.

En este alegato por cierta radicalidad y corresponsabilidad; no quiero dejar por fuera un contexto innegable y en relación directa con lo que he invitado a pensar conmigo hoy, y es que los venezolanos somos en gran mayoría, víctimas de violaciones sistemáticas de derechos humanos fundamentales. Sería incompleto no incluirlo en mi reflexión, pues el silencio ante las víctimas y muertes es una ofensa a lo más humano que tenemos, nuestro lazo con el otro. En este sentido quiero citar a Marcelo Viñar (2008), autor que ha profundizado mucho sobre el tema: “La violación flagrante de los derechos humanos básicos no sólo crea víctimas y afectados –individuos enfermos– sino que es una enfermedad del lazo social y por consiguiente afecta a toda la sociedad… Se gesta este cáncer del lazo social que lleva a esa disociación entre afectados e indemnes, entre las víctimas y aquellos que Michel de Certau definía como los que no pueden oír y no quieren saber, camino por el que se vuelven, sin saberlo o sabiéndolo, cómplices tácitos y pasivos del advenimiento de nuevos totalitarismos, impidiendo los sistemas de alerta precoz para abortarlos.”

Esta cita me parece condensa en esencia parte de nuestro drama social. Reivindica así el grito radical que demanda la atribución de corresponsabilidad tanto al brazo político en cuestión, como a la sociedad civil también traumatizada, y así por muchas veces silente y acrítica hacia el lado que la “representa” en la lucha contra el totalitarismo. El régimen rojo no es el único problema. Muchos factores han contribuido a su perpetuación. Existe coparticipación en una situación que está lejos de ser trivial.

Así, esta brecha que disminuye, entre rojo malo, azul bueno, abriéndose el espacio al sano cuestionamiento de una pata del sistema que hasta ahora había sido casi “sagrada” e intocable, así como disminuye la brecha entre radical y borrego, me parece ser un momento muy positivo y de esperanza. Un cambio necesario. No me cansaré de repetir que son los políticos los que deben responder y adaptarse a nuestras necesidades y exigencias, que hoy en día tienen un carácter de urgencia más bien; y no al contrario, ciudadanos adaptándose a la agenda política.

El hombre necesita del prójimo para poder ser humano”
(Marcelo Viñar)

Cristina Barberá González.

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