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POR FIN, EL 350


Por fin, el 350

La protesta ya no pide elecciones, sino que el gobierno se vaya. Y apela al artículo 350 de la vigente constitución.

El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o menoscabe los derechos humanos”. Art. 350 de la CRBV.

Por fin entendimos el 350, invocado por muchos desde el comienzo del gobierno del finado comandante, para recibir la respuesta masiva de: ¿y con qué se come eso? Pues ya estamos saboreando ese plato agridulce de la resistencia a un régimen violador del estado de derecho, de los derechos humanos e infinitamente falto de respeto hacia los ciudadanos de este país. Una resistencia que cuesta llevar de manera pacífica cuando los cobardes agresores usan armas contra valientes desarmados.

En cada marcha, en cada concentración la represión se ha incrementado. Más de 35 muertes injustificables por ninguna razón, heridos, detenidos. Maduro ha apresado en cuatro años más opositores que el finado en 14 años. Y eso que el comandante no era ningún santito compasivo. Su impronta de odio y destrucción hacia todo lo que él no era o tenía, encontró tierra fértil en una franja de resentidos, que por su bajeza e ineptitud no habían alcanzado lo que la democracia sí brindó a muchos: posibilidades de estudio, productividad y prosperidad. La democracia desarrolló en Venezuela una gran clase media a la sombra de la educación universitaria gratuita, de las becas Gran Mariscal de Ayacucho, de las grandes obras que daban oportunidad a profesionales, de crecimiento social y económico amparado por la libertad.

Si quieren conocer a un hombre, dadle poder”, reza el dicho. El poder potencia condiciones naturales, las buenas y las no tanto. Hay en la historia de Venezuela ejemplos de presidentes que creyeron que esto era su conuco y los venezolanos sus peones, que podían hacer lo que les diera la gana con los dineros y propiedades del estado, que estaban autorizados para arrebatar propiedades privadas. Se rieron del congreso, de las leyes, de los ciudadanos. La muerte le hizo la bondad a los venezolanos de llevarse estos personajes al infierno, después que ellos habían instalado su propio Hades en este hermoso país.

Ahora tenemos a un heredero en el poder. Alguien que jamás debió llegar a gobernar. Todo le queda grande, menos la jauría que a su alrededor le discute su pedazo del botín. No importaría en absoluto su poca preparación intelectual o su ignara verborrea, si no fuera por el desierto cundido de víboras que son sus sentimientos e intenciones hacia quienes le adversan, más que justificadamente. Manejado por seres tres escalas peores que él, gobierna con la intención más declarada de jorobar a sus opositores y ha terminado jorobando a todo el país, que ahora lo enfrenta fieramente y sin contemplaciones.


Al circo le crecieron los enanos. Ahora sí es verdad que bajaron los barrios, esos que tienen años calándose marchas y manifestaciones obligadas, a cambio de un carnet, de una misión, de una bolsa. Esos a quienes hicieron sentir que no existían si no portaban una franela roja y gritaban la mentira de que Chávez vive. Esos que al principio disfrutaron las rumbas oficialistas y las prebendas, creyendo con sinceridad que eran el poder popular y mandaban.

Ese empleado público, ese chavista, al que obligaron a ir a la avenida Bolívar de Caracas el 1° de mayo, so pena de botarlo, de no darle el clap, de sacarlo de la misión, montándolo en un bus desde el interior, pasándoles lista, haciéndoles miserables las 24 horas del viaje de ida y regreso, se hartó. Los venezolanos se hartaron del bachaquero, de no ganar suficiente para pagar seguros y colegios, de sufrir la precariedad inhumana de los hospitales, de ver morir a sus seres queridos por falta de medicinas, de llorar la partida de los hijos y nietos.

Sin distinción de clases, todos en Venezuela, estamos hartos de la inseguridad, de estar confinados tras las rejas de las casas, de padecer cuando los hijos salen, de ser extorsionados y robados o asesinados por basuras criadas en las cárceles regentadas por Iris.

Venezuela está harta. La muerte, el dolor, el hambre y las humillaciones, ya hicieron que la mayoría aplastante de los venezolanos tomara la calle para exigir una salida. A la gran frustración del triunfo que le reconoció el CNE al heredero, se sumó el desconocimiento de una Asamblea electa por el aplastante 73% de los votantes; el saboteo de la voluntad de millones que pedían un referendo revocatorio.. Luego, el CNE se encargo de cerrar una nueva ventana pacífica y electoral, las elecciones regionales, eliminadas porque los camaradas gobernantes saben que perderán casi todas las gobernaciones.

Las sentencias del TSJ coronaron una situación que no había explotado por el exceso de tolerancia y confianza de la población de que se respetaría algún mecanismo democrático para solucionar la crisis. Cerrando todas las espitas, la olla de presión finalmente estalló. Y con desenvolvimiento impredecible. Una vez una población se echa a la calle, saltan las prioridades de las motivaciones. Hay quien protesta por libertades y derechos humanos, otros están manifiestan por hambre y necesidad. Otros encuentran el momento propicio para desencadenar su rabia interna, esa frustración por todo lo que han perdido o no han ganado. De allí vemos que en la protesta se unen los pacíficos de banderitas, los que están dispuestos valientemente a enfrentar una tanqueta, los que queman cauchos y devuelven a la policía sus lacrimógenas.

Las marchas dejaron de ser de oposición para convertirse en la protesta de diversos grados de intensidad de una población harta que quiere cambiar el gobierno y no está dispuesta permitir más triquiñuelas. Pero el gobierno, en su afán ciego de mantenerse a toda costa quiere desvirtuar la protesta acusándola de violenta. Los violentos, los saqueadores, los colectivos, los uniformados y todos los que cometan delitos, son delincuentes y deben ser castigados. Un mes en la calle y el régimen ha pataleado, amenazado, terminado de destruir su poco sustento con acciones atentatorias contra la vida de los venezolanos. Esas muertes causadas por perdigones, balas y bombas disparadas criminalmente contra los manifestantes, no van a tener perdón para nadie de esa cadena de mando de criminales.

Los demonios andan sueltos, el riesgo de anarquía con un gobierno que no controla ni a sus propios diablos, es atemorizante. En lugar de ceder al orden constitucional para buscar una salida con elementos de negociación en la mano, la nomenclatura se lanza a la inmolación con una convocatoria bizarra a una constituyente que violenta las bases democráticas del Estado. Las ofertas de aumentos de salarios, bonos “de guerra” y dádivas no mermarán el descontento de una población declarada en rebeldía y desesperada por un cambio de gobierno, no de constitución. El país sube cada día el precio de su libertad y éste gobierno no tiene con qué pagarlo.

Charito Rojas  @charitorojas

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