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EL DEDO QUE ACUSA


ELOGIO DEL ESCRACHE

Como todo en la vida, uno puede estar o no de acuerdo con la práctica del escrache. En mi caso, por una aversión natural a los gritos y a los escándalos (sobre todo en la vía pública) no sería capaz de perpetrarlos.

Sin embargo, disfruto contemplándolos. Cotufas en mano he visto una y otra vez los vídeos que estos días se han vuelto virales: el de las valientes mujeres que irrumpieron durante la conferencia de Tarek William Saab en El Líbano, el de la multitud en Madrid que se posó a las afueras de un centro «cultural» donde se llevaba a cabo una actividad en defensa de la dictadura chavista, o el de la hija de Jorge Rodríguez en Australia.

Héctor Torres resumió esta circunstancia de una manera inmejorable: «Hicieron que los venezolanos se desperdigaran por el mundo y ahora, donde vayan, encontrarán dedos que los acusen».

De eso se trata. O, al menos, así lo veo yo. El escrache es el brazo desperdigado de una justicia simbólica, que nos recuerda que la diáspora venezolana también tiene derecho a manifestarse.

De las reacciones en contra del escrache sólo lamento dos actitudes que me parecen dejan de lado aspectos importantes de esta crisis que estamos viviendo. El primero ya lo señalé: el desdén hacia esta forma de manifestación por ser supuestamente característica de una emigración que algunos chavistas y opositores tildan de «acomodada». Una caracterización desafortunada no sólo por la cepa de resentimiento que contiene sino por el desconocimiento absoluto de las condiciones de vida de miles de emigrados venezolanos que distan mucho de ser «cómodas».

El otro argumento, sin embargo, me parece el más cuestionable. Aquel que con un tic virtuoso rechaza el escrache pues eso nos hace ser como «ellos». Un «ellos» que, aunque apunta obviamente al chavismo, nunca está del todo definido.


Llama la atención que idéntico argumento se ha utilizado para criticar, con corte de venas incluido, el uso de las famosas «puputov». En este caso, son más que comprensibles las advertencias sobre los riesgos sanitarios que semejante «arma» implica. Sobre todo en un país como Venezuela donde la falta de medicamentos, de médicos y el desmoronamiento del sistema hospitalario pueden hacer que la infección más inocua termine en una muerte horrenda.

No obstante, son los argumentos de engolado corte moral (usar las puputov también nos haría iguales a ellos) los que revelan lo difícil que es lidiar con algunos aspectos de esta lucha. Por eso me impactó tanto lo sucedido el 19 de abril, cuando miles de venezolanos prefirieron escapar hundiéndose en la corriente podrida del río Guaire antes que caer en las manos de la Guardia Nacional. Ese acto fue nuestro bautizo en el hediondo Jordán de la venezolanidad.

No es de extrañar que después de ese bautismo hayan sucedido dos eventos que quedarán registrados en los anales de nuestra historia: el gesto de rebeldía (rayano en la locura) de la señora que en El Cafetal, durante la protesta denominada «El plantón», decidió defecar en plena calle y el recurso a esos envases de plástico o de vidrio llenos de mierda, las ya mencionadas bombas «puputov».

El rechazar de manera tan tajante la propia mierda y desmarcarse del chavismo con la designación apolínea de un «ellos» que sería muy distinto a un «nosotros» encierra el germen de los conflictos futuros. Es no terminar de aceptar que esa gran bosta histórica que fue el chavismo la pusimos los venezolanos y nadie más.

Los escraches y las puputov, como espontáneos mecanismos de defensa y ataque, son valiosos testimonios del sustrato visceral, humano, de esta batalla sin armas que los demócratas venezolanos están librando. Son los reflejos de una naturaleza que en momentos de peligro se integra con todas sus partes, haciendo uso de ellas para rescatar lo que para otros seres parece ser sólo un concepto, un ideal o un hashtag: la libertad.

Rodrigo Blanco Calderon @atajoslargos

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