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LA HERIDA Y EL HONOR...


La herida y el honor…


Y si un día tengo que naufragar 
y el tifón rompe mis velas 
enterrad mi cuerpo 
cerca del mar 
en Venezuela...
Herrero y Armenteros
El desterrado

El exilio es una cárcel de aire que mantiene tras rejas invisibles nuestro espíritu. Somos, los desterrados, cautivos de la distancia, condenados a los latigazos de la memoria, torturados por la ausencia más hiriente y grave de todas: el abrazo humano de lo querido.

En el exilio, el desterrado es un sonámbulo de lenguas, actitudes y formas desconocidas. Anda a tientas entre penumbras que le son ajenas, todo es incierto, uno se va adaptando a la nueva orilla como quien se arrastra en la playa después de un largo e inclemente naufragio, con desconfianza y duda, enterrando las manos en arenas movedizas que se desvanecen a cada manotazo.

El desterrado es un sobreviviente de un naufragio que lleva los escombros siempre sobre él.

Las ocho estrellas

Para el desterrado reconocer un acento oriundo de su tierra, escuchar una lejana tonalidad musical o vislumbrar la coloración de la bandera (y sus estrellas) es motivo –ligeramente epiléptico– de algarabía.

A todos los desterrados nos sucede lo mismo. No es una curiosidad, es un signo: “Chama, chamo, ¿eres de Venezuela? ¿De qué parte? Coño, esa es el Alma Llanera. Parece la bandera tricolor ¿déjame ver si tiene las siete estrellas, digo, las ocho (que si aparecen resultan una cachetada de realidad que nos despierta, estamos aquí por el devastador chavismo)?

Los sabores, eso es tema aparte. El café, los chocolates, las arepas, el asado negro, una sustanciosa reina pepeada, los quesos, los tequeños, la malta, la chicha, un golfeado.

Se hace agua la boca en el recuerdo.



La herida

El destierro es una herida abierta, a veces se encostra, pero ante el menor aspaviento vuelve a sangrar, jamás cura. Está ahí, punza.

Cuando el destierro es por razones estrictamente políticas, no profesionales, económicas o sociales, la herida es más honda.

La política es un sueño que uno tiene para su país, el político –a su modo– es un soñador, no poder soñar, imaginar o anhelar al país que le debes tu primer respiro es a un tiempo asfixiante e hiriente.

No todos los desterrados por razones políticas son políticos. Yo, pese a que admiro a los políticos, no lo soy, mis aspiraciones son de otra índole, no aspiro al poder, aspiro sí una Venezuela más humana y libre.

Sin embargo, la herida del destierro, aunque resulte paradójico, cuando es por razones políticas, dignifica, es una insignia.

Quien la tiene se la ganó luchando.

El venezolano rebelde

Para Camus todo acto de rebeldía tiene una arraigada base moral, quien se rebela a una tiranía lo hace por convicción y a todo riesgo, sabe que su desafiante desobediencia traerá consecuencias, infracciones, golpes, cárcel, torturas, incluso la muerte.

Lo que hemos visto en Venezuela estos días es una admirable muestra de El hombre rebelde de Camus, lo rescato en esta entrega porque así como el destierro mantiene entre rejas de aire nuestro espíritu y lo condena a los latigazos de la memoria, también existen eventos que nos elevan a espacios siderales de entusiasmo y orgullo…, de un orgullo venezolano como el que jamás hayamos vivido.

El venezolano rebelde, el de la calle y el ímpetu, el de la integridad y la temeridad, aprendió la lección que la peste chavista le impuso, más nunca será seducido por la hipocresía de un socialista.

La rebelión dignifica.

El honor

La lucha de mis compatriotas contra la tiranía, su rebeldía, verlos desafiar los gases tóxicos, los perdigonazos y las balas, permanecer intactos y persistir, me ha hecho sentir una emoción incomparable con nada: formo parte de una nacionalidad, la venezolana, honorable, que se resiste a morir, que lucha contra la peste chavista.

Una estampa me lo ha confirmado, sin duda la metáfora más ilustrativa de lo que ha representado el chavismo en Venezuela: un tanque militar, atiborrado de resentimiento y odio, mostrando los dientes metálicos de su aplastante rencor, inhumano como las balas que escupe su tercer ojo de fuego, guiado por un verdugo postmoderno, por otro enmascarado mastín chavista, intenta atropellar a una bella madre, noble, valiente, henchida de un amor retador, enaltecida por su humanidad, y en el enfrentamiento el carro atroz retrocede, se intimida, se rinde. La venezolanidad vence.

Esa mujer en su llanto desolador pero también en su furia era la encarnación de mi tierra anhelada.

Esa mujer era Venezuela.

El honor ha revivido

Gustavo Tovar-Arroyo @tovarr.

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