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POPULISMOS


Los populismos latinoamericanos ya no son lo que eran

El fin del superciclo de las materias primas no solo provocó consecuencias económicas negativas sino también otros efectos no deseados en la vida política latinoamericana. Cuando en Europa, Estados Unidos y otras partes del globo se ven florecer populismos, de todo tipo, en América Latina parece llegado el momento del reflujo y un cierto agotamiento del modelo. Esto no significa que el populismo vernáculo vaya a desaparecer, tal milagro es difícil que ocurra, sino que las sociedades regionales están próximas al punto de saturación con unos experimentos que han aportado más costos que beneficios a los sectores populares.

Basta recordar la época dorada del “relato”, cuando gracias a él emergieron “revoluciones” de todo tipo, comenzando por la bolivariana, pero sin olvidar a la plurinacional, la ciudadana e incluso un cierto renacer de la sandinista. Aunque no se produjeran transformaciones en profundidad, afirmar, tras un contundente triunfo electoral, que la revolución había triunfado resultaba prácticamente gratis. Fidel Castro era el modelo a seguir, no tanto por los cambios de fondo que había aportado la Revolución Cubana, sino por la determinación de quienes habían llegado al poder de permanecer en él para siempre, o al menos por el mayor tiempo posible.

Así proliferaron las declaraciones de que “llegamos para quedarnos”, que “el poder no se comparte ni se reparte” o que “gobernaremos al menos durante los próximos 500 años”. Las reformas constitucionales para habilitar la reelección estuvieron a la orden del día y tras forzar algunas interpretaciones de la norma para presentarse a las elecciones una vez más, en ciertos casos se avanzó hacia la reelección indefinida. Los populistas reinantes estaban en la cresta de la ola y con los ingentes recursos aportados por las exportaciones se podía seguir pagando subsidios un año sí y otro también.


La abrupta salida de Honduras del ALBA y la muerte de Hugo Chávez fueron los primeros indicios de que el proyecto hegemónico cubano-venezolano había tocado techo. A partir de allí los populismos gobernantes hicieron lo posible por resistir en el poder, como demuestran las mil y una maniobras de Nicolás Maduro, Evo Morales, Daniel Ortega e incluso Rafael Correa. La derrota electoral en Argentina del proyecto kirchnerista liderado por “la Pasionaria del Calafate”, según la irónica definición de Jorge Fernández Díaz, vino a confirmar que el repliegue comenzaba a ser una realidad.

Cuando Chávez era gobierno, el régimen bolivariano podía darse ciertos lujos democráticos, algo que le está totalmente vedado al chavo-madurismo que sufre en su propia carne la retirada del apoyo popular. Ya no gana elecciones ni está en condiciones de convocar referéndums en momentos delicados que le permitan renovar la legitimidad electoral de origen, la única que tienen. Más allá de la autoproclamada revolución bolivariana, se constata que sin los votos no son nada. Como no los tienen, deben aplazar las elecciones, negarse a convocar el revocatorio, vaciar de contenido las instituciones y parecerse cada vez más a una dictadura.

La sentencia 156 del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) venezolano, que elimina las competencias de la Asamblea Nacional al considerarla en desacato, llega inmediatamente después de que la misma Corte borrara de un plumazo la inmunidad parlamentaria a la vez que otorgaba atribuciones especiales, amplias y genéricas, al presidente Maduro. Esto supone en la práctica la liquidación del Poder Legislativo en Venezuela. Con su crudeza habitual el líder bolivariano lo dijo claramente: “Me están facultando con un poder habilitante especial para defender la institucionalidad, la paz, la unión nacional y rechazar amenazas de agresión o intervencionismos contra nuestro país. Esta es una sentencia histórica”. En realidad, lo histórico de la sentencia 156 es que barre de un plumazo a la democracia venezolana ante la complicidad, o más bien el liderazgo, del gobierno.


Mientras tanto, el próximo domingo hay elecciones en Ecuador, donde pese a poder presentarse a la reelección Rafael Correa decidió dar un paso al costado en previsión de una posible derrota. Con independencia del resultado de la segunda vuelta, las victorias aplastantes del pasado se han acabado y en el caso de un eventual y no descartable triunfo del oficialismo, Lenín Moreno no podrá gobernar como lo hizo su predecesor. Incluso las amenazas de Correa de volver a la primera línea de la política si ve peligrar sus “conquistas” carecen del poder coercitivo de otrora.

Pese al retroceso actual, el populismo no desaparecerá en América Latina. Mutará, pero lamentablemente no desaparecerá y volverá con alguno de sus múltiples rostros. Lo que es evidente es que el populismo existe, quizá no como categoría política pero si como una forma de ejercerla, con un desprecio casi absoluto por la justicia, el parlamento y otras instituciones democráticas y una gran falta de respeto a la verdad. En este sentido es importante recordar que los mismos ciudadanos que han votado de forma reiterada por opciones populistas previamente se habían decantado con la misma ilusión por candidatos de signo muy distinto. Tampoco es descartable pensar que el día de mañana vuelvan a hacer algo similar y terminen dándole la espalda a todos aquellos que hoy dicen hablar en su nombre.

Carlos Malamud @CarlosMalamud
Via @infolatam

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