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EL CARNAVAL MAS LARGO (Y MALO) DE LA HISTORIA



Llueve… pero escampa

El Carnaval más largo (y malo) de la historia

Las Carnestolendas son unas festividades alegres, divertidas y que llaman a la lujuria. Son de esas fiestas que se adataron del paganismo para asociarlas con la religiosidad. Por eso precede al tiempo litúrgico del calendario cristiano destinado al recogimiento, la abstinencia y el ayuno que prepara a los cristianos para la evocación de la pasión y muerte de Jesucristo.

Ocurren cuarenta días antes del primer plenilunio de primavera (una mezcolanza entre el calendario lunar y el solar) por varias referencias bíblicas: la prueba de Jesús al permanecer durante 40 días en el desierto, los 40 días que duró el diluvio, los 40 años de la marcha del pueblo israelita por el desierto y los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto. Es decir el Carnaval es referencia para la cultura Occidental de manera muy particular.

Muchas ciudades del mundo, esas que conservan las tradiciones, los disfraces y las comparsas, se preparan año tras año y durante 365 días, para celebrarlo por todo lo alto porque su turismo y su economía dependen de esos cuatro días de danzas, músicas, desfiles, excesos, exuberantes trajes, máscaras coloridas y disfraces llamativos. Lo que no nos imaginamos es que, desde que el chavismo llegó al poder tanto en su versión originaria como en su misérrima repetición, viviríamos en un eterno y depreciado carnaval que, por lo dramático, nos hace llorar y no precisamente de la risa. Ha sido una larga mascarada de semanas, meses, años, lustros y décadas revolucionarias.

Carnaval devaluado

Los desfiles en el Sambódromo del Fuerte Tiuna han estado a la orden del día y se organizan para festejar a cuatreros, asaltantes, forajidos y bandidos; los matrimonios, bautizos y ceremonias de chavistas se tornan en bacanales en el beber (no liban ni degustan por ignaros etílicos) y en el engullir (solo tragan) fastuosos banquetes que contrastan con quienes deben hurgar en basureros o lanzarse al rio Guaire para “pescar algo” que les permita llevar el pan a sus casas y vemos exuberantes y cantinfléricos trajes que se embuten desde militares, que lejos de aparentar marcialidad parecen emergidos de una comparsa rocambolesca con condecoraciones guindadas (representativas de su conducta) sin una hazaña castrenses que demostrar, hasta un reyezuelo que decidió decretar, para ocultar su cuestionada venezolanidad, el liquilique como su disfraz oficial.



Y, por supuesto, no han faltado las descoloridas máscaras (por el abuso en el uso) que han servido para ocultar a déspotas y autócratas como demócratas; a choros, malandros y delincuentes como magistrados del TSJ, rectoras del CNE o incondicionales ministros; a narcotraficantes y terroristas que se transmutan en desplumados diputados, floridos empresarios o hábiles testaferros y hasta mamarrachos, capaces de generar incidentes internacionales, cuando se truecan en supuestos atletas con dudoso financiamiento que solo han visto la nieve, en que supuestamente competirán, en imágenes.

Por sí fuese poco nuestro maduro momo danza sobre los cadáveres que a diario ingresan a la morgue, hace chistes sobre los muertos por inanición mientras se vanagloria de que su descomunal y nada voluptuosa estampa está “kilua” o coge a mamadera de gallo que la gente fenezca por desconocer la diferencia entre la yuca dulce y la amarga como que si un patiquín citadino, de Cúcuta o de Los Chaguaramos y que nunca se ha llenado las uñas de tierra, pueda aleccionar sobre las diferencias entre ellas.

Socialista y patética mascarada

Mientras en Río de Janeiro, Santa Cruz de Tenerife, Barranquilla, Venecia y Nueva Orleans los carnavales relatan alegrías, el de aquí (porque ha sido continuado, permanente y en el que solo una vez hemos cambiado al mofletudo emperador) ha sido un suplicio, un martirio y una tortura gestada, erigida y desarrollada como la gran desgracia socialista del siglo XXI.

Pocos países en el orbe han caído a tales niveles de patetismo como el nuestro. En Venezuela la podredumbre moral y la putrefacción ética de la flor (marchita) y nata (piche) gobernante no tienen parangón. Vivimos en una especie de barbarie donde se desechó el pacto social e impera la guerra de todos contra todos (como lo señalase Tomas Hobbes) lo que nos convierte en una muchedumbre, que solo se burla de sus propias desgracias, que no lucha por hacer valer sus derechos y que padece el más largo (y malo) Carnaval de la historia.

Llueve… pero escampa

Por Miguel Yilales    @yilales

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