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SOBRE LA DIGNIDAD PERDIDA...



Sobre la dignidad perdida… y algunas vías para su recuperación.


En esta oportunidad me propongo abordar un asunto bastante álgido, pues a mi entender, se relaciona con palabras acompañadas de gran peso afectivo y que aunque medio mudas me parecieran circulan a diario en nuestro acontecer ciudadano y personal dadas las circunstancias socio-culturales que nos envuelven, a las que honestamente ya no se más si calificarlas de actuales, o viejas y mohosas. Tristemente ambas tal vez.

En fin, me refiero a palabras cargadas de afecto y por tanto con el potencial de producir impacto y efectos en nuestro ser. Andre Green, psicoanalista y pensador propone que: “Sin afecto no existe lenguaje efectivo. Sin lenguaje no existe afecto efectivo” . Algo que da para pensar sobre el gradiente: palabras vacías o colmadas de sentido. En esta oportunidad me refiero al par de vocablos “Dignidad y Humillación”. Pareja antitética pero que precisamente por contraste están en estrecha relación como lo están así amor-odio, calor-frío, vida-muerte, etc.

Curiosamente el Diccionario de la Real Academia española no satisfizo mi búsqueda de significado en esta ocasión. Cito entonces a la definición de Google que creo nos guiará mejor en mi propuesta reflexiva.

Dignidad sería entonces:

. Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden. "perder la dignidad; respeta la dignidad de la persona, con todos sus derechos y libertades"

. Cualidad de la cosa que merece respeto. "como lo exige la dignidad del lugar"

. Grado de respetabilidad aceptable. "dos tercios de la población mundial carecen de los niveles mínimos para vivir con dignidad; la lingüística reconoce la misma dignidad a todas las lenguas"

Por otro lado, humillación sería:

. Ofensa que alguien o algo causa en el orgullo o el honor de una persona. "sufría reviviendo el recuerdo de las humillaciones y los agravios que tuvo que soportar"

. Sensación que experimenta una persona al sufrir esta ofensa. "contrajo las rodillas contra el pecho, esquivando y doblándose sobre el suelo de tablas, tiritando de frío y llorando de humillación y vergüenza"

. Acción que consiste en bajar la cabeza u otra parte del cuerpo en señal de acatamiento y sumisión. "de nada servían contra aquellos ojos la humillación, las rodillas en tierra, las oraciones: él también me creía culpable de aquello"

Una vez visitados estos significados surge en mí la pregunta ¿hemos como cuerpo social y ciudadano olvidado lo que es la dignidad? ¿nuestra dignidad? Yo pienso que si y me cuesta mucho admitirlo pues inevitablemente llega la humillación de su mano. Sin embargo, por más que me espante este acuso de recibo no desfallezco en la fe de que me encuentro frente a una palabra-afecto que esconde un valor y un sentido potencial para el cambio.

Es justamente este horror en lo que encuentro una comprensión del fenómeno que intento analizar. Creo que coincidiremos que los sentimientos que evoca la conciencia de estar siendo humillado son muy desagradables y es “natural” que los queramos “cancelar”.

En nuestro caso, los que estamos aquí (en Venezuela), pienso que unas de las vías que usamos para anular este duro registro consciente serían la naturalización y banalización de los hechos, para lo cual el humor, la intelectualización y la queja evacuativa se prestan como hábil sastre de un traje a la medida. Para los fines individuales este recurso es aparentemente óptimo en efectividad por un largo tiempo; sin embargo para los fines colectivos, que finalmente serían la trama plural que sostiene a lo singular, resulta en un fracaso rotundo. Y ¡vaya cortocircuito! pues de retruque, cada vez que el sujeto colectivo progresivamente se deshilacha, mayor esfuerzo de disociación y negación se le exigirá al sujeto individual para poder mantener su ilusorio y temporal equilibrio personal.

Deductivamente creo que la lógica de esta dinámica estará destinada al advenimiento de una franca fractura entre lo propio y común, pero que feliz y paradójicamente develará una realidad hasta ahora negada con vehemencia: individuo y colectivo están inexorablemente vinculados. El colectivo totalmente deshilachado no puede más dar sostén a cada individualidad. Unos individuos conscientes de la fractura emigran, otros nos quedamos y ¿ahora qué?

Yo en mi cola, tú en la tuya, nos quejamos, nos reímos, nos acostumbramos a estas palabras ya vaciadas de sentido y efecto. Mantenemos la ilusión de “yo me resuelvo en mi islote” No es raro que podamos señalar la humillación colectiva pero nos cueste mucho asumir nuestra participación individual en ella. Eso duele más.

Una vez cobrada conciencia sobre esto, volveré a insistir entonces en la herramienta de la desobediencia como recurso para el rescate de nuestra dignidad individual y en consecuencia también la dignidad colectiva ciudadana que sostenemos y nos sostiene. Desobediencia entendida como la no sumisión a aquello que atenta contra mi dignidad como persona, mi honor, mis derechos humanos.

En lo colectivo que a todos interesa por razones obvias desde el punto de vista que planteo, no puede darse un proceso de desobediencia civil contundente y necesario en el derrocamiento de sistemas totalitarios sin que cada individuo identifique dentro de si aquella chispa de sana y digna intolerancia a la humillación. Así que la ansiada espera del despertar colectivo que muchos sostienen en su íntimo tiene que pasar por cada uno de nosotros marcando postura frente a los malos tratos sociales, culturales, políticos etc.

Usted puede desobedecer con disimulo inclusive. Una querida amiga me contaba como nunca ha puesto la huella dactilar en el supermercado para poder hacer sus compras; su estrategia: “Yo siempre digo que trabajo con químicos y me quemé el dedo, que me corté etc etc Jamás he puesto ni pondré mi huella en esa vaina” Esta persona nunca se doblegó al control y “chanchullo” de la huella dactilar, a ella mi admiración. Usted por ejemplo tiene un amigo de la infancia de toda la vida que ahora resulta ser corrupto y alineado con el régimen: no vaya a tomarse su espumante ni a comerse su caviar; invente un dengue o una difteria tan común estos días y preserve así su dignidad y principios, porque el caviar que se come está conectado con la violación sistemática a los derechos humanos de este país. Como ve cada quien puede encontrar sus maneras de mantener viva la llama de su dignidad dentro de si, sin necesidad de caer en confrontaciones más directas sino es su estilo.

Lo que me parece más importante de esta reflexión es ayudar a despertar conciencia de la humillación que vivimos a cotidiano en muchos lugares y escenarios, que para hacer justicia histórica no tienen que ver sólo con el régimen actual, sino que se trata de un problema cultural mucho más viejo. Conciencia de humillación desagradable pero necesaria para prender la chispa del honor y respetabilidad propia. Sólo así me parece que como masa tendremos finalmente la oportunidad de hilvanar estos hilos sueltos y entretejer un sostén que nos permita reivindicar nuestros derechos a la libertad y autonomía con la contundencia que se requiere es estos días. Ciegos a la humillación diaria no será posible; la que padecemos o propiciamos; ¡ojo con eso!

“Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos” (José Ingenieros)

Por Cristina Barberá Gonzalez


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