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SE ROBARON A COLOMBIA



SE ROBARON A COLOMBIA

Muy saludable es cuanto pueda averiguarse sobre los desmanes de Odebrecht en Colombia. Saludable que se profundice y aclare lo que repartió en coimas para ganarse la construcción de la Ruta del Sol. Más saludable todavía que se nos explique cómo se adiciona el contrato de una carretera que va de Sur a Norte, con otra carretera que va de Oriente a Occidente, para desembocar ¡Dios del cielo! en el puerto sobre el Magdalena que resulta de propiedad de un hermano y cuñado de dos Ministras del Despacho. Que cante el Vice Ministro García, y que cante el ex Senador Otto Bula, y que no se nos pierda nota de su canto.

Pero estamos hablando de menuda. Más sustancioso será que nos cuenten las modificaciones, reclamaciones y otras adiciones que en ese y todos los contratos de la corrupta Odebrecht en Colombia se convinieron con los propietarios o contratantes de sus obras. Pero a riesgo de decepcionar al lector, habremos de decirle que estamos hablando de “peanuts” que es como dicen los americanos de las cosas insignificantes.

Lo que de verdad importa es hablar de las cosas y casos gruesos de la corrupción de Santos y su banda, que para no andar por las ramas es la que se llama “Mesa de Unidad Nacional”.

El Presidente Uribe está escribiendo, guiado por su prodigiosa memoria, sobre las perlas de este desfalco, atroz e irreparable. Y ha recordado a Saludcoop y Caprecom, a Reficar e Isagen, a Bioenergy y aledaños y complementarios. Los ángeles nos guarden de corregir o ampliar a Uribe. Nada se le escapa y poco se le va a quedar por fuera de estos casos aberrantes.

Pero lo nuestro ahora no es la menuda. Porque los robos enriquecen al ladrón y empobrecen al robado. Y esa sí es la cuenta que nos interesa: ¿cuánto es lo que Colombia ha perdido como resultado de esta corrupción desenfrenada?

Para empezar, toda una bonanza petrolera. Santos vivió como en el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, en un mundo fascinante y desconocido de ingresos colosales.

Para no descansar en detalles, vamos a resumir esta aritmética en solo tres años de petróleo a más de cien dólares el barril. Uribe le dejó a Santos, en soberbio trabajo con su Ministro Luis Ernesto Mejía, una producción que superaba el millón de barriles por día. Pues un millón de barriles por cien dólares la unidad, es un ingreso de cien millones de dólares por día, o de casi cuarenta mil millones de dólares en el año, o de ciento veinte mil millones de dólares en los tres de la cuenta.

El Gobierno participaba de esta bonanza por todos lados. Como principalísimo accionista de Ecopetrol, en dividendos contantes y sonantes; en impuestos enormes que le pagaron Ecopetrol y las demás firmas explotadoras y exportadoras del crudo; en las regalías que llegaban a sus arcas y a las de los gobiernos territoriales; en el negocio de la refinación y venta de la gasolina y derivados, de donde saca gruesa tajada; en los aranceles que cobra por las importaciones que el negocio mueve. Nunca tuvo Colombia tanto dinero. Nunca.

Y nunca se robó tanto dinero el Gobierno, para su beneficio y el de sus voraces socios, monaguillos y aprovechadores.

Pregunte, lector amable, a dónde fue a parar semejante lotería. Porque ahora se queja Santos de que se ha perdido con la caída de los precios y agregamos que con la caída de la producción, de la que es culpable el Gobierno y que va en ciento cincuenta mil barriles diarios de crudo. Se queja de la caída, pero no explica lo que hizo con la subida.

Pero viene lo peor. Porque en medio de semejante opulencia, Santos nos endeudó sin compasión. Uribe le entregó una deuda externa de cuarenta y cinco mil millones de dólares, y vamos en mas de noventa y cinco mil. Esos son cincuenta mil millones de dólares, mucho más de la deuda contraída por todos los presidentes, desde Simón Bolívar hasta Alvaro Uribe.

Comprenderá lector, que frente a ciento setenta mil millones de dólares embolatados, los once y medio de Odebrecht no dan sino para empezar a preguntar de veras. A Colombia se la robaron este Gobierno y sus amigos.

Si viéramos carreteras fantásticas, aeropuertos soberbios, puentes sobre muchos ríos, caminos por las veredas, grandes puertos en las costas y riberas, universidades inmensas, hospitales y colegios, preguntaríamos si la plata se invirtió bien o mal. Pero como no hay nada de nada, solo nos queda por decir que a Colombia se la robaron. Y que por eso no crece. Y por eso se mueren niños de hambre, los jóvenes no encuentran un empleo, las fábricas languidecen y el campo llora entre sus ruinas. ¿Dónde están los ladrones?

Por Fernando Londoño via @CarlosAMontaner



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