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NO ES IGUAL BOXEAR QUE PELEAR


NO ES IGUAL BOXEAR QUE PELEAR
 " La revolución estaba en la mente del pueblo....antes que se derramase un gota de sangre"
 ex presidente John Adams USA 1815 
 Formato del Futuro… 

El 16 de enero se inició una nueva etapa del diálogo que iniciaron en el 2016 el Gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), y los mediadores: expresidentes Juan Martín Torrijos, Leonel Fernández y José Luis Rodríguez Zapatero, el Secretario Ejecutivo de la Unasur, Ernesto Samper, y la representación del Estado del Vaticano. Sucede tres días después de la fecha convenida por las partes, superada una especie de primer round, que concluyó con una serie de acuerdos de cumplimiento obligatorio.

En este reinicio de conversaciones, la antesala ha sido signada por las posiciones esgrimidas por las partes en disputa, en cuanto al incumplimiento de lo acordado durante las deliberaciones del año pasado.

La MUD reclama que no se produjo la libertad de los presos políticos, tampoco se permitió la ayuda internacional para hacerle frente a la crisis humanitaria provocada por la escasez de medicinas y de alimentos, el respeto a la Asamblea Nacional, ni la celebración de procesos electorales basada en lo que está establecido en la vigente Constitución Nacional. Por su parte, el Gobierno alega que la Asamblea no acata lo que ha decidido el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la desincorporación de los diputados del Estado Amazonas y otras condiciones adicionales.

En el interín, la Asamblea/MUD y el Gobierno se caen a mordiscos, se insultan y se descalifican. Y esas partes, sin embargo, insisten en hacerle creer a la población en la posibilidad y viabilidad del diálogo. Lo dicen a sabiendas de que, de esa forma, es imposible que ningún diálogo o conciliación llegue a feliz término. Porque el entendimiento y eventuales acuerdos jamás podrán darse mientras ambos bandos insistan en seguir atrincherados y echándose plomo parejo.

Los dos grupos, evidentemente, continúan empeñados en seguir en la práctica de quítate tú para ponerme yo. Mejor dicho, en una puja por capturar posiciones demostrativas de que se es más íntegro, serio y comprometido con la importancia de avanzar en beneficio de la solución de los problemas que asfixian a más de 30 millones de ciudadanos, mientras que, en el fondo, se le teme a los costos políticos que representa exhibir demostraciones de aparente debilidad ante la otra parte y sus seguidores.

Se trata, en fin, de escarceos efectistas. En jugadas falsamente estratégicas para la distracción y el entretenimiento. No en lo que las penurias y necesidades colectivas demandan como respuestas de un liderazgo político que, día a día, se le percibe más ausente de lo obvio, de lo lógico.

En este caso, lo obvio y lógico sólo tiene una interpretación: la presentación de un programa o proyecto lógico de entendimiento verdadero para la recuperación económica, social, política, cultural y moral del país.

No estarlo haciendo de esa manera, se ha traducido en que solamente la ciudadanía de a pie es la que viene aportando los muertos en una guerra soterrada. Los demás sólo ponen sobre el tablero de la conflictividad gritos, chillidos, amenazas, arengas y mucho llamado a una paz insincera, en vista de que, en aras de una supuesta soberanía, se ofrece poner armas de guerra en manos inexpertas de las zonas populares.

La violencia, el hambre, las enfermedades, la ruina y las angustias y sustos permanentes, sencillamente, tomaron al país como su campo de acción. Y lo están haciendo sin distinciones entre ricos, pobres, negros, blancos o amarillos, chavistas o demócratas. La sociedad es la que sufre. Muere como consecuencia del hambre o de enfermedades. Pierde familiares y amigos, vecinos y relacionados, además de servidores públicos uniformados convertidos en trofeos del hamponato mejor equipado para hacer su trabajo malo, además de proyectarse como un segmento social privilegiado al poder actuar en el medio de la más vergonzosa impunidad. Y eso sucede simultáneamente cuando organizaciones no gubernamentales informan que en el 2016, esa misma sociedad perdió a más de 28.000 ciudadanos en el medio de la violencia y que, posiblemente, migraron del país en estampida decenas de miles de venezolanos huyéndoles a esa misma violencia, como en procura de las oportunidades de bienestar social que ya no es posible alcanzar en su propia Patria.

Por supuesto, ahora habrá que esperar si el último Plan gubernamental contra la inseguridad, -uno más entre más de una veintena cuyos resultados siguen siendo otro de los misterios mejores de la opacidad informativa gubernamental- termina arrojando algún efecto positivo para el país.

Desde luego que sí. Hay que dialogar. Es necesario hacerlo. Pero sin cuchillos en el cuello. Tampoco alrededor de una especie de ring de pelea de gallos enconados, de contendores que dependen de unos mediadores que no les brindan confianza a las partes en conflicto, ni tampoco a la propia sociedad, si bien ahora ha emergido una posibilidad que viene a oxigenar con aire puro el ambiente de extrema hostilidad. Se corresponde con la decisión del Vaticano de delegar en la figura del Nuncio Apostólico la responsabilidad de la mediación en representación de la Iglesia Católica.

El Nuncio Apostólico, sin duda alguna, goza de la posibilidad de apelar a ventajas en un proceso de mediación en Venezuela. Está más cerca de la realidad que motiva el diálogo. Y lo puede hacer, adicionalmente, asistido por la larga experiencia y éxitos en estos menesteres que el Vaticano ha alcanzado a nivel internacional. Asimismo, porque se supone que no tendrá otro compromiso distinto al de impedir que la sangre llegue al río. No querrá convalidar un fracaso, mucho menos perjudicar a Venezuela.

De lo que sí habría que ocuparse adicionalmente, es el de impedir el predominio de la voz cantante en el diálogo de los mismos que, a diario, se suben en el ring de la ya cansona y fustigante confrontación. También de que el eterno e incansable vocero gubernamental, es decir, el Presidente de la República, insista en seguirle echando diariamente combustible al terreno de las diferencias.

Lo imperativo es un diálogo sincero y honesto. De ser posible, a partir de la reformulación del grupo que hoy se ocupa de semejante tarea, incorporando mediadores profesionales, genuinos y químicamente puros e imparciales, y motivados por el propósito de hacerlo en respuesta a lo que hoy necesitan los venezolanos y el país.

Por supuesto, no es fácil hacer dicha selección en pocos días. Tampoco de integrarla sin la participación de las partes en dicha escogencia. Sin embargo, pudiera ser a partir de lo que permite y facilita la propia Constitución. Su articulado plantea una alternativa: la conformación de una Asamblea Constituyente Originaria. Es decir, la posibilidad de que sean los propios venezolanos los que decidan su destino y por la vía del voto. Se trataría de la incorporación activa y participativa de aquellos que, en nombre de más de 30 millones de ciudadanos, y por estar debidamente inscritos en el Registro Electoral Permanente, harían posible un diálogo multitudinario y con posibilidades de reorganizar al país y de elegir a sus autoridades a todo nivel, incluidas las del poder central, es decir, todos los poderes públicos. Jamás habrá mejores dialogantes que los mismos ciudadanos. Ellos intervendrían haciendo uso su más genuina opinión: el acto más democrático por excelencia, y que no es otro que el ejercicio del sufragio, del voto popular.

De lo que se trata, en fin, es de evitar que los odios y rencores, los resentimientos y las suspicacias, sigan intercediendo e impidiendo el necesario avance que requiere el país para avanzar en la consecución de soluciones. Y eso no equivale a justificar impunidades en favor de aquellos obligados a saldar sus deudas con la justicia, en caso de que se les comprobara haber incurrido en delitos contra la sociedad. Sí de despejar las dudas que hoy impiden percibir un futuro distinto en Venezuela.

Hay que superar la eterna motivación cultural y política venezolana de no avanzar, porque se hace necesario adorar el pasado, apreciarlo todo a partir de una mejor percepción del retrovisor, cuando el objetivo tiene que ser siempre el de ver hacia adelante.

Por Egildo Luján @egildolujan
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)

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